La felicidad como proceso vital

Artículo de Carolina Ramos / Psicóloga

La psicología positiva, iniciada por Martin Seligman y Mihaly Csikszentmihalyi, propone que la felicidad no se reduce al placer momentáneo, sino que se construye a través del florecimiento humano (flourishing): vivir con propósito, compromiso y sentido. Csikszentmihalyi introdujo el concepto de flow, ese estado de concentración plena donde la persona se siente integrada con lo que hace, y Seligman desarrolló el modelo PERMA (Emoción positiva, Compromiso, Relaciones, Significado y Logro), que describe la felicidad como una práctica sostenida.

Desde una perspectiva más existencial y terapéutica, Russ Harris, autor de The Happiness Trap (2007), vincula la felicidad con la aceptación del dolor y la acción guiada por valores, pilares de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT). Según Harris, “la verdadera felicidad no consiste en eliminar el malestar, sino en aprender a vivir con él mientras se avanza hacia lo que importa”.

Enfoques científicos y psicológicos recientes

Estudios recientes, como los de Ahmad Ramsés Barragán Estrada en la Revista Intercontinental de Psicología y Educación (2013), y la revisión sistémica de Vicente Moreno-Rodríguez (2025) en Scientia Iter, confirman que la felicidad debe entenderse como un constructo complejo y evolutivo, influido por factores internos (resiliencia, autopercepción, inteligencia emocional) y externos (relaciones, entorno, cultura). Moreno-Rodríguez distingue tres grandes enfoques:

Hedónico, centrado en el placer y la satisfacción.

Eudaimónico, enfocado en el sentido y la autorrealización.

Biopsicosocial, que integra lo emocional, lo fisiológico y lo social.

Asimismo, Ana María Fernández-Poncela (2023) subraya que la felicidad es “polisémica y cambiante”, y que su estudio requiere reconocer la diversidad de experiencias humanas y culturales.

Cultivar la felicidad paso a paso

La evidencia científica —como la revisión de Deschamps Perdomo et al. (2021) sobre felicidad y salud— muestra que mayores niveles de bienestar reducen el riesgo cardiovascular y retrasan el envejecimiento celular, lo que refuerza la idea de que la felicidad es también un proceso biológico y relacional.

Cultivar la felicidad implica:

Volver al cuerpo, reconectar con la respiración y la presencia.

Elegir desde los valores, no desde el miedo o la comparación.

Avanzar aunque haya niebla, sosteniendo la incertidumbre con serenidad.

Conclusión

La felicidad no es ausencia de dolor, sino aprendizaje continuo. Es un proceso de cultivo interior, donde cada paso consciente —cada acto de aceptación, cada elección alineada con los valores— se convierte en semilla de bienestar. Como diría Harris, “la felicidad auténtica surge cuando dejamos de luchar contra la vida y empezamos a caminar con ella”.

Carolina Ramos Jordán // col: T-04178

Psicóloga de adultos experta en desarrollo y crecimiento personal

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