El miedo también nos protege: entender los miedos en la infancia

Cuando pensamos en el miedo solemos imaginar una emoción desagradable que nos gustaría evitar. Y cuando quien siente miedo es un niño, nuestra reacción natural suele ser intentar que desaparezca cuanto antes.

“No tengas miedo.”

“No pasa nada.”

“No hay nada de qué preocuparse.”

Sin embargo, sentir miedo no es necesariamente algo negativo. De hecho, el miedo cumple una función fundamental: protegernos.

Comprender para qué existe esta emoción y qué ocurre en el cerebro cuando aparece puede ayudarnos a acompañar de una manera diferente los miedos infantiles.

¿Para qué sirve el miedo?

Imaginemos que nuestro cerebro dispone de una alarma de seguridad.

Cuando detecta algo que interpreta como una posible amenaza, activa una serie de respuestas destinadas a prepararnos para reaccionar.

El corazón puede acelerarse, cambia nuestra respiración, aumenta la tensión muscular, prestamos más atención a lo que ocurre a nuestro alrededor y pueden aparecer ganas de escapar o buscar protección.

Todas estas reacciones tienen un objetivo: mantenernos a salvo.

Por eso, el problema no es que sintamos miedo. Necesitamos un sistema capaz de advertirnos cuando puede existir un peligro.

Cuando la alarma suena sin que exista un peligro real

Como cualquier alarma, nuestro sistema de miedo no es perfecto.

Una alarma de incendios puede activarse porque existe fuego, pero también porque hemos dejado demasiado tiempo una tostada en el tostador.

Con el miedo ocurre algo parecido.

Nuestro cerebro puede activar la respuesta de alarma ante una situación realmente peligrosa, pero también ante situaciones que interpreta como amenazantes aunque objetivamente estemos seguros.

Para un niño puede ocurrir ante la oscuridad, separarse de sus padres, dormir solo, hablar delante de otras personas, entrar en un lugar desconocido, cometer un error o enfrentarse a una situación nueva.

La respuesta que siente en su cuerpo es real, aunque el peligro que imagina no lo sea.

Por eso, decir simplemente “no tengas miedo” suele resultar poco útil. El niño no está eligiendo voluntariamente activar su alarma.

Necesita aprender qué le ocurre cuando esa alarma aparece y, progresivamente, qué puede hacer para manejarla.

Los miedos también forman parte del desarrollo

Los miedos infantiles no son necesariamente señal de que exista un problema psicológico.

A lo largo del desarrollo es habitual que aparezcan diferentes temores y que estos vayan cambiando a medida que el niño crece.

Durante los primeros años pueden ser frecuentes los miedos relacionados con la separación de las figuras de referencia, los ruidos intensos o determinadas personas desconocidas.

Más adelante pueden aparecer miedos relacionados con la oscuridad, los monstruos, los animales, hacerse daño o determinadas situaciones imaginarias.

A medida que aumenta la comprensión del mundo y adquieren mayor importancia las relaciones sociales, también pueden aparecer preocupaciones relacionadas con equivocarse, el rendimiento, ser rechazado, hacer el ridículo o no encajar en un grupo.

Por tanto, tener miedo forma parte del desarrollo emocional.

Lo importante no es únicamente qué miedo tiene el niño, sino su intensidad, cuánto tiempo permanece y hasta qué punto condiciona su vida cotidiana.

¿Qué hacemos los adultos cuando un niño tiene miedo?

Ante el miedo infantil podemos caer en dos extremos.

Por un lado, minimizarlo:

“Eso es una tontería.”

“Ya eres mayor para tener miedo.”

“No pasa absolutamente nada.”

Por otro, intentar eliminar inmediatamente cualquier situación que provoque malestar.

Ninguna de las dos respuestas ayuda al niño a desarrollar recursos propios.

Una alternativa es comenzar por reconocer su experiencia:

“Entiendo que esto te dé miedo.”

“Veo que tu cuerpo se ha puesto en alerta.”

“Vamos a pensar juntos qué podemos hacer.”

Validar una emoción no significa confirmar que existe un peligro. Podemos reconocer que el miedo es real para el niño y, al mismo tiempo, ayudarle a comprobar que la situación puede ser segura.

Evitar nos hace sentir mejor… pero solo durante un rato

Cuando algo nos produce miedo, alejarnos suele generar alivio.

Precisamente por eso la evitación resulta tan atractiva.

Imaginemos un niño que tiene miedo de dormir solo. Cada vez que aparece el miedo se marcha a la habitación de sus padres. Al llegar allí, inmediatamente se siente más tranquilo.

Su cerebro aprende entonces algo muy importante:

“Cuando tengo miedo y escapo, me siento mejor.”

El problema es que tiene menos oportunidades para descubrir otra información igualmente importante:

“Puedo sentir miedo y, aun así, estar seguro.”

Esto no significa obligar a un niño a enfrentarse bruscamente a aquello que teme. Forzar situaciones para las que todavía no dispone de recursos puede aumentar el malestar.

La alternativa suele encontrarse en un punto intermedio: acompañar mientras afronta progresivamente aquello que le preocupa.

Afrontar el miedo poco a poco

Superar un miedo raramente consiste en dar un salto enorme.

Con frecuencia funciona mejor construir pequeños pasos.

Si un niño tiene miedo de dormir solo, por ejemplo, quizá el primer objetivo no tenga que ser pasar inmediatamente toda la noche sin ningún tipo de acompañamiento.

Podemos establecer aproximaciones progresivas adaptadas a sus necesidades, reforzando cada avance y reduciendo gradualmente determinadas ayudas.

De esta forma aprende algo diferente:

“Puedo sentir miedo y seguir adelante.”

Cada experiencia de afrontamiento proporciona al cerebro nueva información sobre aquello que inicialmente interpretaba como peligroso.

Nuestro objetivo no es criar niños sin miedo

A veces podemos pensar que un niño valiente es aquel que no tiene miedo.

Pero valentía y ausencia de miedo no son lo mismo.

Un niño puede sentir miedo y, al mismo tiempo, aprender a acercarse poco a poco a aquello que le preocupa.

Nuestro objetivo no debería ser apagar para siempre su alarma, porque esa alarma también lo protege.

Queremos ayudarle a reconocerla, comprender qué la ha activado y desarrollar herramientas para decidir qué hacer cuando aparece.

¿Cuándo conviene prestar especial atención?

Aunque muchos miedos forman parte del desarrollo, en algunos casos pueden alcanzar una intensidad que dificulta significativamente la vida del niño.

Puede ser recomendable solicitar orientación profesional cuando el miedo:

  • Es muy intenso o provoca un sufrimiento importante.
  • Se mantiene durante un periodo prolongado.
  • Aumenta progresivamente.
  • Genera una evitación significativa.
  • Interfiere en el colegio, el sueño, las relaciones sociales o las actividades familiares.
  • Limita experiencias importantes para su edad.
  • Hace que toda la dinámica familiar tenga que organizarse alrededor de aquello que el niño teme.

En estos casos, comprender qué mantiene el miedo permite diseñar estrategias adaptadas al niño y a su familia.

El miedo no es nuestro enemigo

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